BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

jueves, 31 de enero de 2013

Los Mártires de Uchuraccay desde el cielo nos iluminan (quinto capítulo)

Coincidiendo con el 30° aniversario de la muerte de los Mártires de Uchuraccay, viajo por tercera vez a este pueblo de las alturas de Huanta. Viajo con Eudosia Reynoso (recordemos: la viuda de Félix Gavilán, uno de los ocho periodistas asesinados en Uchuraccay), quien me ha pedido que le acompañe como cámara.

El viaje transcurre sin incidentes. Contrariamente a otros intentos míos en el pasado, esta vez no hay problemas con el transporte, ni motores “gripados”, ni tampoco derrumbes que nos hagan deshacer el camino y buscar una ruta alternativa. De hecho, hasta un tramo pasado Tambo, el camino está ya asfaltado y nos plantamos en Uchuraccay pasadas tan sólo unas tres horas. En cierto modo, llego incluso a echar de menos un poco más de emoción en el trayecto.

El día resulta prácticamente un calco de mi anterior viaje a Uchuraccay. Volvemos a salir temprano de la Plaza de Armas de Ayacucho y en Tambo hacemos un alto en el camino para asistir a la recepción organizada por las autoridades locales. Mientras filmo el acto, me doy cuenta de que estoy filmando a las mismas personas, los mismos discursos e incluso los mismos planos que filmara hace ya dos años. Me surge la duda. ¿No estaré viviendo en realidad el mismo día de nuevo?

Uchuraccay es el último pueblo que visité de todos los pueblos que recorrí mientras filmaba Las Huellas del Sendero y marcó el fin de mi anterior estancia aquí. Ahora, en cambio, es el primer pueblo al que viajo y coincide con el inicio del nuevo rodaje – si bien el episodio de Uchuraccay no forma parte del guión esta vez.

Llegamos al mausoleo, donde de entrada me choca la presencia de varios militares, bien armados y en actitud de defensa. Las paradojas e ironías del conflicto se repiten una y otra vez, y nunca dejarán de sorprenderme. ¿A quién creen que están defendiendo? Y, sobre todo, ¿de quién? ¿De ellos mismos? ¿Es que no saben que fueron las mismas fuerzas militares las que ejecutaron o mandaron ejecutar a los periodistas treinta años atrás?

A Eudosia también le sorprende su presencia, pero no quiere que nada ni nadie enturbie este día. Suficiente tiene con el recuerdo que le sigue atormentando. Deshoja los pétalos de las flores ante la lápida de su esposo y me cuenta que lo hace para que las lugareñas no cojan luego las flores y se las cuelguen en sus sombreros. Y con los ojos inundados de lágrimas, me recuerda que Félix era el amor de su vida justo antes de que se oigan los primeros vivas por los Mártires de Uchuraccay. De nuevo, la sensación de haber vivido este mismo momento antes. Siento que estoy dentro de uno de los círculos del eterno retorno del conflicto. Y que todas estas personas seguirán estando dentro de este círculo, hasta que la justicia los libere de él.

Luego, en la plaza del pueblo, todos los presentes, familiares, periodistas, autoridades y comuneros, se funden en comunión para conmemorar el aniversario. Grupos de niños ataviados con la tradicional vestimenta altoandina, sostienen pancartas en papel que rezan: “Hermanos periodistas que viva la paz en nuestros corazones”, “La violencia política jamás debe regresar”, “Los Mártires de Uchuraccay desde el cielo nos iluminan”. Los discursos se suceden. Pese a que las mismas palabras se repitan no son discursos vacíos. Y nadie pone en tela de juicio las palabras de Eudosia que acusa abiertamente a los militares de haber perpetrado el asesinato de los periodistas (los comuneros hasta el día de hoy siguen defendiendo la versión del estado de que se trató de una equivocación y que fue la comunidad misma quien mató a los periodistas tras confundirlos con senderistas*).

Pero tal vez lo más sorprendente y esperanzador de este momento sea ver que, treinta años más tarde, todas estas personas siguen haciendo este peregrinaje a Uchuraccay. Y hoy, por lo simbólico de la fecha, incluso son más las personas que han venido. De hecho, un grupo de periodistas de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú ha seguido a pie durante 30 kilómetros el mismo recorrido que siguieron los periodistas para llegar a Uchuraccay aquel aciago 26 de enero de 1983.

El Estado peruano puede seguir haciendo caso omiso de todas las reclamaciones de los familiares de las víctimas e incluso desoír los requerimientos de las altas instancias judiciales, tanto nacionales como internacionales, pero estando aquí siento clara una certeza que me llena de esperanza: estas personas no van a parar hasta encontrar justicia.


*Quien quiera saber más sobre todo este episodio puede volver atrás y leer los relatos de este cuaderno: “Caso Uchuraccay, cuarto capítulo”, “Uchuraccay, 27 años más tarde”, “Esperanza en el caso Uchuraccay” y “Zonas grises del conflicto”.

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