BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

lunes, 10 de octubre de 2011

Justicia para un desconocido (In memoriam)

Su lápida en el olvidado cementerio de Huanta reza: “Vladimir M. Urbay Ávila. 2 de noviembre de 1983. Perpetuo”. Ésta es una de las decenas de miles de víctimas anónimas del conflicto. Todo conflicto armado está siempre plagado de ellas. Víctimas sin nombre, sin rostro. Un número más dentro de la cifra de setenta mil víctimas (que realmente son más) que manejan con soltura políticos, analistas y expertos olvidando probablemente que, detrás de esos números, hay personas.

Tal vez una manera de ponerle cara al drama y ser consciente de la magnitud de estas muertes sea imaginando a las setenta mil víctimas del conflicto juntas, en el mismo lugar. Piense en la ciudad en la que vive o en un estadio de fútbol abarrotado de gente. Y luego imagine a todos los habitantes de esa ciudad, a todos los espectadores de ese abarrotado estadio, entre los que se encuentran familiares y amigos suyos… muertos… en una fosa común… de la peor manera… Horrible, ¿verdad?

Esas víctimas anónimas son las que no pasan a la historia. Las que el tiempo se traga despiadadamente por su desagüe, haciendo que su muerte parezca, si cabe, aún más injusta. Más absurda.

Muchos preguntarán porqué recordar todo esto, alegando que es trágico, duro y triste. Y por supuesto que es trágico, duro y triste. Pero es necesario, al menos para los familiares de las victimas lo es. Es lógico que muchos de aquellos que han perdido a un familiar o a un ser querido en tales circunstancias quieran saber que le sucedió, encontrar su cadáver, rendirle homenaje y exigir justicia. ¿O acaso usted no lo haría en su lugar?

Antes de marcharme de Ayacucho, asistí a la exhumación de la tumba de Vladimir. Una vez más, me encontraba con Eudocia Reynoso y Rosa Pallqui, las viudas de los periodistas Jaime Ayala y Félix Gavilán. Frente al mausoleo que conmemora la muerte de los periodistas de Uchuraccay, Eudocia entonaba una canción: Flor de Retama, aquella canción que se convirtió en el símbolo de la revuelta de Huanta del 69 por la gratuidad de la enseñanza y en la que algunos ven el germen de Sendero:

“La sangre del pueblo tiene rico perfume
huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas
a pólvora y dinamita
¡ay carajo! a pólvora y dinamita”

En ese momento, un hombre se acerca a nosotros. Es el padre de Vladimir. Pocos instantes más tarde, ante el nicho de su hijo, me cuenta como murió. Su hijo tenía entonces 19 años y le ayudaba en su comercio. Un día, viajando hacia la ciudad, los infantes de la marina (aquellos que se instalaron en el Estadio de Huanta y lo convirtieron en un campo de concentración y tortura) detuvieron el autobús. Lo arrestaron y se lo llevaron. Dos días más tarde, el cadáver de Vladimir aparecía en un paraje cercano a Huayhuas. Mostraba signos más que evidentes de haber sido torturado. Al igual que pasó con tantos otros casos, el caso de Vladimir no se investigó y fue archivado (como Willy me comentaba un día, en aquellos tiempos ni siquiera los fiscales se atrevían a juzgar los excesos de los militares).

Horas más tarde, llegan el fiscal y los forenses. Precintan el pabellón del cementerio donde se encuentra el nicho de Vladimir y, poco tiempo después, el eco del martillo y punzón picando la losa recorre cada rincón del cementerio. Una vez el féretro en el suelo, los forenses empiezan a sacar los restos. Los depositan en bolsas de plástico etiquetadas: miembro superior, cintura pélvica, tórax, miembro inferior…Luego meten las bolsas dentro de cajas. Me fijo en la inscripción de esas cajas: “Panetón Motta”. No logro dar crédito. ¿Cómo pueden meter los restos de una persona dentro de unas cajas de bizcocho navideño italiano?

Me digo que seguramente los familiares de Vladimir no volverán a probar panetón en su vida… o que si lo hacen, lo harán llorando recordando su muerte. Y me doy cuenta que el absurdo del conflicto no ha acabado aún, que se perpetúa.

Gracias a Rosa Pallqui y a la asociación Adehr, el caso de Vladimir ha sido reabierto. Con suerte, los culpables de su muerte serán juzgados y pagarán pronto por su crimen.

Vladimir M. Urbay Ávila, descansa en paz.


Más información sobre el caso en: www.adehrperu.org

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