BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

martes, 18 de enero de 2011

Relato de una tortura (no apto para cardíacos)


En Ayacucho todos tienen su historia que contar acerca del conflicto armado. H. me cuenta la suya. Ya me había mencionado hace varias semanas que había sido objeto de los abusos del ejército cuando era más joven. Y esta noche, caminando de vuelta a casa, ha querido hablarme de ello.“Todos tienen una historia a sus espaldas. Es increíble”, murmuro para mis adentros, mientras empieza a contarme:

Tenía en aquel entonces dieciocho años y un hijo de apenas un mes. Como a muchos jóvenes de la época en Ayacucho, a H. le gustaba tocar música con su guitarra. Vivía con su novia al lado del cementerio.

Ese día, él y unos amigos suyos con los que acostumbraba a tocar música se cruzaron con un famoso periodista de la época. Lo conocían popularmente como “Cordero”, en alusión a sus hirsutas patillas y a que acostumbraba a vestir con pantalones blancos al estilo dandy. Cordero tenía una hija joven. Esa mañana, H. y sus amigos la molestaron, como ya habían hecho antes en otras ocasiones.

Los amigos se encuentran más tarde en una cantina de 28 de Julio, frente al Museo Cáceres. Cuando de repente para frente a la cantina un camión del ejército. Alrededor, la gente empieza a meterse en sus casas. Del camión baja un grupo de militares que pronto rodea a H. y a sus amigos “¿Dónde esconden la pintura?”, comienzan a preguntarles insistentemente. Los jóvenes no entienden de qué están hablando, pero momentos más tarde se ven subidos en la parte de atrás del camión. Los enrollan dentro de mantas. Y los tumban en el suelo. En cuanto el camión se pone en marcha, los militares empiezan a golpearlos con las culatas de los fusiles y a patearlos con sus botas. “Si gritabas era peor. Más te golpeaban”, recuerda H, sintiendo aún el dolor de los golpes.

Llegan al cuartel. Antes de bajar del camión, les ponen las camisetas por encima de sus cabezas. Así no podrán ver donde están. A empujones y a golpes los conducen a una celda: un largo y angosto pasillo de un escaso metro de ancho. No tarda en llegar un oficial. Les dice que sabe que son ellos los que han hecho las pintadas en el barrio de Puca Cruz (en aquella época, este céntrico barrio de Ayacucho tenía fama de ser un barrio senderista). Y que por la mañana van a hablar. O que de lo contrario van a morir. H. y sus amigos no pueden dar crédito a lo que oyen. ¿Cómo demostrar que son inocentes?, piensan durante toda la noche. Pese al miedo, el sueño se va poco a poco apoderando de ellos. Pero no les permiten ni siquiera sentarse. El que se cae de sueño al suelo, recibe un golpe. Y los mojan con mangueras de agua a presión.

Por la mañana, aún mojados y entumecidos por el cansancio, separan al grupo y los conducen uno a uno a distinta salas. H. entra. Cierran la puerta detrás suya. Y allí se encuentra a un tipo bien fornido. Lleva el rostro oculto bajo un pasamontañas. Y en la mano un enorme cuchillo. Inmediatamente, empieza a golpear a H. Mete su cabeza en una cañería de desagüe de aguas fecales. “El sabor a mierda es un sabor que nunca olvidas”, recuerda H. El verdugo lo ata con cable de electricidad (H. comprendería más tarde que la presión de los cables impediría que los golpes dejaran rastro). Y lo sigue golpeando. Luego le ordena que hable. Que si no van a jugar. Que le puede hacer algunas caricias. H. le jura y perjura que él no sabe nada de las pintadas. Que él y sus amigos se dedican a tocar música. Que es padre de un niño de un mes y no quiere meterse en líos. Que su hijo es lo único que le importa. No resulta difícil imaginar el pánico que puede sentir una persona al encontrarse en una situación así. A pesar de ese miedo, H. recuerda que en ese momento, de alguna forma, sabía que lograría salir de allí. Y, de repente, un flash de lucidez le va a salvar la vida. Le dice al verdugo: “Además, sé que no estamos aquí por las pintadas sino por ese periodista…Cordero.” Mientras lo conducían por el cuartel el día anterior, H. pudo distinguir a través de un hueco de su camiseta los pantalones y botas de los militares que se cruzaba a su paso. Y en un momento dado, pudo ver unos pantalones blancos. Al estilo Dandy.

El verdugo lo escucha. Se quita el pasamontañas. Y, mirándolo fijamente, le dice: “Mi nombre es Júpiter” (este sobrenombre, al igual que todos los demás que aparecen en este relato, ha sido distorsionado para preservar el anónimato). “Y si te estoy diciendo mi nombre y estás viendo mi cara es porque estás a punto de morir o porque vas a acordarte de mi toda tu vida”. Le dice que va a confiar en él. Que sabe que es un chico inteligente. Pero que le tiene que decir algo “bonito”, algo que le interese. H. le responde que no sabe nada, pero que en alguna ocasión ha visto a varios hombres armados entrando de noche en el cementerio. Júpiter le dice que parece un buen chico y que va a creerle.

Luego los liberan a todos y les dan algo de comer. Los militares conversan con ellos amistosamente. Como si nada hubiera ocurrido. Y los dejan en libertad avisándoles que no se les ocurra hablar de lo que ha pasado. Algunos de los amigos de H. muestran signos de haber sido golpeados mucho más fuerte que él. “Sobre todo uno que se llamaba Stalin”, cuenta H. sin poder evitar reír ante la poca idoneidad de ese nombre en un momento así. Una vez más, incluso en las situaciones más peligrosas, donde está en juego la vida de uno, surge la ironía.

Poco días después de su puesta en libertad, H. se entera de que ha habido un enfrentamiento en el cementerio. Una tarde, mientras camina cerca de su casa, lo agarran por detrás, le ponen una capucha y lo suben a un camión. “No puede ser”, se dice a sí mismo, “¡Otra vez no!”. En el cuartel, lo recibe Júpiter. Le estrecha la mano y lo felicita. Le cuenta que gracias a él han detenido a muchos senderistas. Le invita a un whisky y le presenta a un compañero. “Es el teniente R. Hace un trabajo muy limpio”, le cuenta Júpiter al presentárselo. Antes de salir del cuartel, H. tiene ocasión de comprobar lo “limpio” que es ese trabajo. A través de una ventana que da a un patio, puede ver a varias personas atadas a las barandillas de una escalera. Boca abajo. De repente, aparece el teniente R. Empieza a gritar y a insultar a los militares que custodian a los detenidos. Les dice que están perdiendo el tiempo. Saca su pistola y dispara uno a uno sobre la cabeza de los detenidos.

H. sale del cuartel, presa del horror.

Pero siente alivio.

Respira hondo.

Sigue vivo.

2 comentarios:

Ariel dijo...

por dios, se me puso la piel de gallina! madre santa, yo estuve por ayacucho y lo de willy, nunca me imagine que detrás de tanta belleza se esconde tanta barbarie.

Ariel Stofler

Luis Cintora dijo...

Hey Ariel!
Claro, recuerdo que hablamos poco tiempo después de tu paso por allí y aún recuerdo también la historia de los perros que me contaste. Jejeje... Yo también he tenido alguna de esas por allí...
Y si, en cuanto profundizas en la historia de muchas personas de alli te enfrentas a una barbarie inimaginable. Espero puedas ver el documental algún día. Seguiré publicando noticias en www.ahoraonunca.org.
Suerte!