BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

martes, 26 de octubre de 2010

Lucanamarca y la nuez dura de romper


Emprendo un nuevo viaje tras las huellas del conflicto armado. Allí donde Sendero demostró que era “una nuez dura de romper”: Lucanamarca

Este pueblo se encuentra al sur de Ayacucho. A unas diez horas de camino por pistas de tierra casi intransitables. Tras atravesar varios pueblos, subir y bajar montañas, bordear ríos y cruzar planicies donde no se ve un alma aparte de algún solitario grupo de vicuñas, por fin distingo el pueblo en lo alto de una montaña. Han sido tantos los días que me imaginé llegando hasta aquí, tantas las veces que tracé la ruta en el mapa pensando cómo diablos iba a llegar a este remoto punto, que ahora me parece irreal estar aquí finalmente. Y mi entusiasmo no puede ser mayor.

Lucanamarca es un pueblo de piedra. Colgado en lo alto de una montaña. En sus calles se respira un aire de tranquilidad. A cualquier visitante que consiga llegar hasta aquí, Lucanamarca le parecerá seguramente un pueblo bonito… Pero, al conocer su historia, esa impresión de belleza pronto se convierte en un escalofrío.

Almett Marquina, sociólogo y presidente de la asociación de víctimas de la provincia de Huancasancos, me cuenta que ésta fue la provincia de Ayacucho más golpeada por la violencia durante todo el conflicto armado. No en vano fue también una de las provincias donde Sendero tuvo mayor presencia y aceptación. Al menos en un inicio.

El abandono que sufría la provincia por parte del estado, la pobreza y descontento generalizados de la población crearon el caldo de cultivo perfecto para que el discurso de Sendero tuviera un éxito especial aquí. Proponían un nuevo orden. Erradicarían las diferencias sociales. Todos serían iguales. Sendero buscaba crear un estado paralelo. Los “cumpas” fueron recibidos con los brazos abiertos. Huancasancos fue pronto declarada “zona liberada”. Se instalaron nuevas formas de orden social y político. Se crearon comités locales. Se redistribuyeron tierras y ganado.

No obstante, todo ello no se realizó siempre de manera pacífica. Las autoridades locales que no aceptaron renunciar voluntariamente a sus cargos fueron ejecutadas. Y las redistribuciones, abusos y restricciones impuestas por Sendero pronto se toparon con el rechazo de muchos pobladores, que no tardaron en rebelarse contra la creación del nuevo orden. Primero en Sacsamarca. Y luego en Huancasancos y en Lucanamarca. En este último pueblo, la reacción de los comuneros fue contundente. Apresaron al mando local senderista, Olegario Curitomay. Lo golpearon. Y, en medio de la plaza, lo quemaron vivo. En esta tranquila plaza desde donde escribo estas notas ahora mismo…

La respuesta de Sendero no se hizo esperar. Circuló un aviso. En él se podía leer: “Sacsamarca será nuestro desayuno, Huancasancos nuestro almuerzo y la cena será Lucanamarca”. El aviso no era ninguna metáfora. Al amanecer del 3 de abril de 1983, un grupo numeroso de senderistas se puso en marcha. Dispuestos a cumplir la amenaza. Fueron estancia por estancia. Arrasando a su paso. Hasta que llegaron a Lucanamarca. Congregaron a todos los comuneros en la plaza. Les preguntaron quien había asesinado a su compañero. Y los ejecutaron indiscriminadamente. Ancianos, hombres, mujeres y niños. Todos corrieron la misma suerte. Y cuando se acabaron las balas, terminaron la masacre con hachas y machetes. En total, fueron 69 los lucanamarquinos que perdieron la vida ese día. 69 las lápidas que ocupan hoy el pabellón del cementerio dedicado a la masacre. Ésta fue la mayor masacre de comuneros perpetrada por Sendero. Guzmán trata de justificar lo injustificable:

“Lo principal es que les asestamos un golpe devastador. Los detuvimos y entendieron que estaban tratando con un tipo diferente de luchadores populares. Esto fue lo que entendieron”.

Pero, ¿a quién se refiere con “ellos”? Aquel golpe (devastador, sin duda) no se lo asestaron ni al estado ni al ejército. Sino a unos indefensos pobladores. ¿Qué clase de luchador popular es aquel que asesina a su propio pueblo? ¿Y qué fue lo que entendieron? ¿Sino que Sendero era un movimiento brutal y sanguinario?

Según M., el planteamiento de la “guerra popular” se tambaleaba desde el momento en el que Guzmán partía de una ideología ajena, que no encajaba con la realidad andina de Perú. En la región de Ayacucho no existía un proletariado, ni fábricas, ni tampoco grandes terratenientes. Tan solo campesinos, con más o menos ganado, y más o menos tierras.

Sin duda, la población de Ayacucho necesitaba un cambio, alienada y aplastada como estaba. Un movimiento social y político que la hiciera salir de esa situación de pobreza sofocante en la que se encontraba (y se sigue encontrando). Pero está claro que ese cambio, esa respuesta, no era Sendero. La guerra popular no sólo dejó tras de sí un escalofriante saldo de muertos, sino que ha perpetuado la situación de extrema pobreza, marginación y traumas de la población. Y más allá de todo ello, a la larga ha impedido que cualquier otro posible movimiento social de cambio pueda tener el respaldo de la población en mucho tiempo.

En la plaza converso con el señor X. Es uno de los pocos supervivientes de la masacre. Le asestaron un hachazo en el cuello. Y lo dejaron por muerto en los escalones de la iglesia. Estamos a pocos metros de esos escalones, y mientras hablo con él visualizo la terrible escena. Le pregunto por lo ocurrido aquel trágico 3 de abril de 1983. Me responde que él ya no se acuerda. Que lo ha olvidado. Observo su cicatriz en el cuello. Decido no insistir. Que olviden es lo mejor, me digo. Pero en el fondo sé que eso no es posible.

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