BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

lunes, 18 de octubre de 2010

Recuerdos de infancia

Viajo con Z. a su pueblo natal, Acos Vinchos. Hacía tiempo que lo teníamos planeado. Pero la espera ha merecido la pena, ya que esta vez puede venir con nosotros N., su hermana mayor recién llegada de Madrid.

El día ha sido una inmersión en los recuerdos de infancia de las dos hermanas. Me han enseñado los lugares por donde solían andar de pequeñas. El camino hacia el río, pasando por la pequeña cascada por donde ya no cae agua. El nisperal bajo el que se sentaban. Han recordado donde vivían. Como vivían. Sus árboles favoritos. Olores y juegos olvidados. La felicidad de la infancia…

Hasta que un día llegó un helicóptero y los militares vinieron a buscar a su madre.

Ella era la presidenta de la comunidad. “Una mujer luchadora que nunca se callaba una injusticia… Ya la habían amenazado antes. Hasta que al final la mataron” recuerda N. “Ahí empezó a cambiar nuestra vida”, añade Z. N. siguió a los militares mientras se llevaban a su madre hacia el cuartel en la plaza. Trató de que la liberaran. Lloró e imploró. Llegó a ofrecerles huevos de sus gallinas. Pero de nada sirvió. Es más, no dudaron en dispararle. Una bala le pasó cerca de un oído. Pensó que había muerto. Momentos más tarde se despertaba de su desmayo.

En los días que siguieron al arresto de su madre, los militares ordenaron a los hombres del pueblo que cavaran unas zanjas detrás del cuartel. Iban a cavar unas letrinas, les dijeron. A N. y a sus hermanos pequeños les dijeron que se habían llevado a su madre a la cárcel de Ayacucho. “Al menos hay esperanza”, pensaron. No era la primera vez que arrestaban a la madre y a otras personas del pueblo. Cada vez que los senderistas pasaban por el pueblo, los militares no tardaban en aparecer. Trataban de averiguar cuantos eran y por donde se habían marchado. N. recuerda como en alguna ocasión vio a un grupo de hombres. Le ordenaron que no les mirara a la cara y que se diera la vuelta. “Luego huyeron por ahí hacia las montañas”, me dice señalando un estrecho camino. “Iban muy rápido. Era imposible que alguien los alcanzara”, recuerda.

Los militares no dejaban que nadie se aproximara al cuartel. Cuando uno de esos días su perro Tarzán se acercó allí, los militares le dispararon. Las niñas lloraron desconsoladas. Lo que aún no sospechaban es que a esas lágrimas vertidas por la muerte del perro pronto se les añadirían muchas más. Por la muerte de su madre. Nunca la habían llevado a Ayacucho. Tarzán había seguido su rastro hasta detrás del cuartel. Donde habían cavado las supuestas letrinas. Por eso le dispararon. A los pocos días se abrió la fosa común. El cadáver de su madre se encontraba allí junto a muchos más. Su rostro estaba desfigurado. Irreconocible. Le habían arrancado la piel de la cara a jirones. “La torturaron feo, pero ella resistió”, oyeron las niñas decir a una vecina. Esa noche su madre se le apareció a N. en sueños. Y le dijo: “Hija mía, he luchado hasta el final”.

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