BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

viernes, 17 de septiembre de 2010

Zonas grises del conflicto

Hotel España. Lima. La última vez que me alojé en esta especie de hotel/museo fue para tomar mi vuelo de regreso a España. Esta vez, en cambio, el regreso aún está lejos. Me acaban de renovar mi visado por más de un año. Así que no tendré que volver a salir del país para renovarlo.

Aprovecho mi nuevo paso por la ciudad de la eterna garúa para entrevistar a Óscar Medrano. Tantas veces he leído su nombre en informes y noticias. Tantas veces he visto sus duras fotos de los años del conflicto, que casi no podía creerlo cuando he estrechado su mano al salir del ascensor de la redacción de Caretas.

Cuando le cuento que durante un tiempo no sabía siquiera si todavía estaba vivo, puesto que tantos periodistas murieron durante aquellos años, me contesta que tiene suerte de estarlo. Uchuraccay. Putis. Lucanamarca. M. ha conocido todos estos lugares en sus momentos más trágicos. Sus ojos y su cámara han sido testigos de escenas y masacres que cuesta imaginar hayan podido suceder. Me cuenta que él debía viajar también a Uchuraccay aquel fatídico 26 de enero de 1983. Pero que un desacuerdo con un redactor de la revista hizo que no viajara hasta el día siguiente. “De haber viajado, hoy sería el noveno periodista muerto” resuelve con naturalidad. Así que él llegó al día siguiente. Extrañado al no encontrar a sus colegas, inició su búsqueda. Para ese momento los cuerpos de los ocho periodistas yacían ya bajo tierra. Los comuneros habían cavado profundo para que no los encontraran. Para M. no hay duda de que los comuneros son los únicos responsables de la masacre. Temían las represalias de Sendero por haber matado días antes a varios de sus “cumpas”. No querían permitir que siguieran reclutando a sus hijos para la guerra popular. Así que al divisar a los periodistas desde sus puestos de vigía, y confundirlos con senderistas, habrían comenzado a lanzarles piedras con sus hondas. Luego, extrañados por la falta de reacción, bajaron hasta ellos. Al darse cuenta de que no eran senderistas, pero encontrar a muchos de ellos ya agonizantes habrían decidido rematarlos y enterrarlos por miedo al ejército. Expuesta de esta manera la versión parece plausible.

M. también estuvo en Lucanamarca inmediatamente después de la masacre de sus pobladores a manos de Sendero. “Aún yacían muertos y heridos por todas partes”. Al no tener suficientes balas, Sendero ejecutó a los pobladores con piedras, cuchillos, hachas y machetes. La descripción de la escena parece sacada de uno de los círculos del Infierno de Dante. Sendero no era ninguna broma. Como dijo Guzmán, era una nuez dura de romper. Cuesta imaginar que un intelectual, un profesor de filosofía de universidad pudiera ordenar una masacre tan sangrienta.

Detrás de M. cuelga la foto de uno de los pocos supervivientes de la masacre de Lucanamarca. Un paño le cubre la mitad del rostro. Había recibido un machetazo. La historia de este hombre representa otra de esas zonas grises del conflicto. De entrada, su nombre no era Celestino Ccente, como reza su fotografía en las exposiciones sobre el conflicto. Pasados 25 años de la masacre, M. regresó a Lucanamarca. Preguntó a los pobladores por aquel hombre, enseñándoles su foto. Le respondieron que no se llamaba así. Sino Edmundo Camana. Y que vivía recluido en una cueva a varias horas de camino. Allí lo encontró M. Se arrastraba por el suelo. Una lesión en la columna le había dejado las extremidades inferiores paralizadas. Las autoridades se interesaron por el caso. Decidieron trasladarlo a un hospital de Lima para operarlo. El caso de Edmundo Camana rápidamente se convirtió en un tema de debate político y motivo de confrontación entre las autoridades y la CVR. Las autoridades decidieron trasladarlo de nuevo. Esta vez a una clínica militar.  Antes de su ingreso, su situación era estable. No obstante, cinco días después Edmundo Camana moría allí en circunstancias no esclarecidas. La versión oficial habla de paro cardíaco. La autopsia, en cambio, reveló que se trató de un edema pulmonar y cerebral. “¿Por qué trasladarlo a esa clínica cuando podía ser operado perfectamente en el hospital?” se pregunta M.

Decido visitar de nuevo la exposición sobre la memoria en el Museo de la Nación. Tengo especial interés por volver a ver el espacio del caso Uchuraccay. Allí se exponen varias fotografías tomadas por los mismos periodistas antes de su muerte. En una de ellas, aparecen siete de ellos esa mañana. Tienen todo el aspecto de gente de ciudad. Ropa moderna. Gafas de sol. Nada en su atuendo hace pensar en guerrilleros. Pero me detengo sobre todo ante otra foto. Aparecen varios de ellos junto a un comunero. Supuestamente en el momento en el que éstos bajan tras haberles lanzado las piedras. Uno de los periodistas aparece con los brazos en alto. Otro de ellos les enseña su cámara. De repente, algo no encaja. Ninguno de ellos parece mostrar síntomas de haber sido herido con piedras. Si no estaban heridos. Si los comuneros los habían visto ya de cerca. Si habían comprobado que no eran senderistas. Y que tampoco llevaban armas, entonces… ¿Por qué los asesinaron? ¿Qué interés podían tener unos campesinos en asesinar a ocho periodistas venidos de la ciudad? Me pregunto si toda la verdad acerca de este episodio saldrá algún día a la luz…

He contactado con la viuda de uno de los periodistas asesinados. Espero encontrarme con ella a mi regreso. Tengo curiosidad por conocer su versión de lo sucedido.

1 comentario:

Tomás Mielke dijo...

tristemente, (no lo espero),la verdad no se sabrá nunca más cuando sobre ella yacen uertos inocentes

un abrazo