BIENVENIDA AL NAVEGANTE

Este cuaderno contiene varias experiencias vividas en Ayacucho en momentos distintos pero que se funden en una sola: el trabajo como voluntario en las casas hogares Los Gorriones y Casa de Willy y la producción de una serie de documentales sobre el conflicto armado peruano: "Las Huellas del Sendero", "El Expreso Cabanino", "Te Saludan Los Cabitos" y otros. Este espacio pretende dar a conocer y fomentar el apoyo a las iniciativas que trabajan con la infancia y la defensa de los derechos humanos en Ayacucho. Se abre el cuaderno...

viernes, 27 de agosto de 2010

Putis existe

Putis existe. Al tercer intento y tras recorrer durante largas horas la vertiginosa cornisa de los Andes he podido comprobarlo. Putis es un poblado que ha sido borrado del mapa. Literalmente. Ya que en los años ochenta fue abandonado tras la masacre de sus comuneros. Hoy celebran el día del retorno a la comunidad. El retorno a la vida.

No debe resultar sencillo reconstruir una vida en un páramo tan remoto y desolado como éste. Tengo la impresión de encontrarme en el fin del mundo. El clima es duro. Hace un frío implacable y el poblado yace envuelto en la niebla durante gran parte del año. Tan solo viven aquí y en las casas de piedra de los alrededores unas 60 personas. En su mayoría quechuahablantes. El poblado no tiene electricidad. El transporte público no llega hasta aquí. Tampoco tiene puesto de salud. El Sr. Leoncio se cayó de su caballo hace cinco meses. Se rompió la clavícula. Hoy todavía lleva la mano de su brazo izquierdo dentro de su camisa, a modo de cabestrillo. No tiene dinero para operarse en el hospital de Ayacucho (el único hospital con traumatólogo en muchos kilómetros a la redonda). Pero sobre todo no debe resultar sencillo empezar de nuevo aquí después de todo lo ocurrido.

La historia que pesa sobre este poblado y la niebla que lo engulle me hacen pensar en un pueblo fantasma. Y es que en realidad el lugar está poblado por ellos. Como me explica F., el presidente de la comunidad, en diciembre de 1984, 123 de sus pobladores fueron ejecutados aquí por los militares. Los congregaron y les hicieron cavar unas zanjas, diciéndoles que iban a construir unas piscifactorías. En realidad, la intención era otra muy distinta. En lugar de unas piscifactorías, cavaron sus propias tumbas. Allí mismo los ejecutaron. Hombres, mujeres y niños. A sangre fría. En el lugar que hoy se ha convertido en el mausoleo. Luego, a escasos metros, en un caserón, degollaron a los niños que habían sobrevivido al fusilamiento. Al parecer aún quedan fosas por descubrir. Las del mausoleo fueron “exhumadas” por unos perros hace escasamente dos años. Así que aún quedan cadáveres que llevan más de dos décadas esperando a ser desenterrados. Esperando justicia.

En Putis se da otra de esas ironías diabólicas de las que está plagado el conflicto armado. Hace un año, el gobierno de Alan García decidió hacer algo por el poblado a modo de reparación colectiva: construyeron unas piscifactorías. Pero la historia de Putis no parece haber terminado aún.

Los habitantes del poblado juegan un partido de fútbol con los visitantes. La orquesta toca. La niebla lo inunda todo. De repente, de ella van emergiendo unas siluetas. Una a una. Me hacen pensar en una de las escenas iniciales del Desierto Rojo de Antonioni. Pero no se trata de personajes de una película italiana de los sesenta. Sino de una columna de militares. Deben ser unos treinta. Van armados hasta los dientes. Con fusiles y lanzagranadas. Los pasamontañas les cubren el rostro bajo el casco. Silenciosamente, rodean el campo. Toman posiciones. La gente los observa. La música se detiene. Pero el partido de fútbol prosigue como si no ocurriera nada, casi desafiante. Los militares llevan con ellos unas mulas y unas personas detenidas. Según dicen, los han interceptado bajando por el corredor de la selva cargados con pasta base de cocaína. 700 kilos.

La noticia de que los militares van a pasar la noche en el poblado empieza a circular de boca en boca. Se acaba la fiesta. Surge un miedo: que Sendero ataque esta noche. 700 kilos son demasiados kilos para perderlos así como así. Según me dicen, los senderistas no suelen andar demasiado lejos de los “muleros” que transportan la mercancía. Acostumbran a vigilarla de cerca.

Sálvese quien pueda. Todo el mundo empieza a irse. Todos menos nosotros. Los militares han ocupado el recinto central del poblado, donde está nuestro cuarto. Y no nos dejan sacar nuestras cosas. No queda mucho tiempo. Todos los coches y combis se marchan ya. Conseguimos recuperar nuestras cosas. Nos montamos en una combi. Justo a tiempo. Es la última. “Por esta huevada esta noche seguramente habrá enfrentamiento” me dice en el interior un soldado que ha venido de paisano a la celebración. Y continúa diciendo: “Tengo mujer e hijos. No quiero morir aquí”. Tengo la cámara encendida. Desde el interior de la combi, filmo en la oscuridad a los soldados y a las mulas que cargan el cargamento. Mi compañera M. me dice con su gracioso acento francés que debo estar loco. Seguramente tiene razón. Pero la adrenalina que me recorre las venas en este momento puede más que mi cordura.

Después de media hora la combi no arranca. Y no lo hará ya esta noche. Los militares ordenan a la orquesta que siga la fiesta. La música continúa a todo volumen. "Que gran idea", pienso con ironía, "la música puede camuflar el ruido de disparos en caso de un ataque". Pero sobre todo pienso en otra cosa. Escapar de allí. Cuanto antes. El próximo pueblo está a más de cuatro horas caminando por la montaña. Hace demasiado frío y ya es noche cerrada. Imposible salir a pie. Debemos pasar la noche lo más lejos posible del poblado. Es la única opción. De todas formas, los militares se han tomado la libertad de ocupar nuestro cuarto. Nos dicen que estamos a salvo con ellos. Pero mi instinto me dice todo lo contrario. Cuanto más lejos de ellos nos hallemos, más seguros estaremos. Ellos son el blanco. No nosotros.

Trabo conversación con uno de ellos en la oscuridad de la tienda del poblado. Debe pensar que no sé nada del tema. Empieza a contarme que éste es un pueblo que fue duramente golpeado por Sendero. Y que ellos siempre han tratado de ayudar a sus pobladores (el informe de la CVR – Comisión de la Verdad y de la Reconciliación - ha demostrado que fueron los militares quienes perpetraron la masacre). También me dice que no entiende porqué los pobladores les tienen miedo. "Seguramente por las armas", le respondo señalando su fusil, mientras su dedo índice no deja de acariciar el gatillo. Le pregunto por el enfrentamiento sucedido aquí hace varias semanas. Me explica que él estuvo allí: iban patrullando por la quebrada cuando empezaron a lloverles balas encima. Tras varias horas de intercambio de disparos finalmente abatieron a dos de ellos y los demás huyeron.

Esta versión no concuerda exactamente con la que me han dado sobre este episodio varios de los comuneros a lo largo del día. Afirman que las personas que murieron habían llegado ese día de la selva. Que eran campesinos. Que estaban de paso. Que esa tarde habían salido a buscar leña. Y que no vieron que llevaran armas encima. No obstante, más tarde en las fotos tomadas por los militares aparecen fusiles y munición al lado de los cuerpos sin vida. ¿A quién creer? Que cada uno saque sus conclusiones.

Por un momento he olvidado que debemos escapar de allí. Recupero la lucidez. Me acuerdo de la mujer a quien he acompañado esta mañana a llevar unos colchones con una carretilla a su casa. "A veces las cosas pasan por algo", me digo, recordando la frase favorita de un gran amigo mío. La casa está al lado de la piscifactoría. Lo suficientemente alejada del poblado. Decidimos ir a pasar la noche allí.

1 comentario:

Tomás Mielke dijo...

uff, querideo amigo Luis, me tienes el corazón en un puño, deseo que no pase nada, ni ati, por supuesto, ni a todos que estén ahí claro, y cuanto mas lejos del blanco mejor, como bien dices. Un abrazo y sigue así, un diario devastador, debe ser duro encontrarte esas historias y ojo, tampoco me acercaría mucho a la picifactoría no vaya ser que no tengan agua

un abrazo